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 sacrificio parte de un buen libro

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vaskita



Cantidad de envíos : 148
Edad : 52
Fecha de inscripción : 07/09/2008

MensajeTema: sacrificio parte de un buen libro   Mar Nov 18, 2008 2:07 pm

El párroco entró sigiloso. No había nadie. Ni siquiera la personal que atendía el tugurio. Sentía miedo. Los asaltantes quizás todavía estaban allí. Fue hasta el baño y quedo petrificado con lo que vio. En un charco de sangre estaba el cuerpo desnudo y sin vida de la joven.

II
Vieron cuando la muchacha entraba en el baño con uno de los asaltantes. Ella se volteó y miró al grupo una vez más. Todos asentían y la presionaban a continuar. Se quedaron en silencio esperando. A veces se miraban unos a otros pero no decían nada. Simplemente sudaban. Unos minutos mas tarde los otros dos asaltantes también entraron al baño. El grupo se miró sin saber que hacer. Algunos decían que debían huir aprovechando que los asaltantes estaban en el baño. Otros dudaban y pensaban que era muy riesgoso porque los asaltantes se enfadarían. Al final, fue tomando fuerza la idea de huir y en un momento todos ya estaban montados en el camioncito. El chofer arrancó. Al alejarse del sitio el grupo comenzó a tranquilizarse. El párroco dijo que no debían dejar a la muchacha sola. Los demás argumentaron diversas razones para no regresar. Que ella era una prostituta y estaba acostumbrada a eso. Que no entendían por qué se negaba a los deseos de los asaltantes. Que era un capricho. Que volver sería entregarse a la muerte. Por momentos entraban en un silencio total, pero luego volvía la discusión. Un rato más tarde el párroco les dijo que él regresaría por la muchacha. Se bajó solo. Nadie quiso acompañarlo. Esperó hasta que alguien pasó en un camión y lo llevó hasta el tugurio.

III

Después de una larga espera el chofer del camión se acercó a la madre de la niña y le dijo en voz baja que quizás a la muchacha no le importaría mucho entregarse a los tres asaltantes. Al fin y al cabo ése era su trabajo. La madre de la niña estuvo de acuerdo. De esa manera los dejarían partir. Hablaron con el resto del grupo quienes estuvieron más o menos de acuerdo en que ésa era la mejor solución. El grupo trató de persuadir a la muchacha para que complaciera a los asaltantes. Pero ella no estaba dispuesta a ceder. El párroco le colocó un brazo en el hombro a la muchacha y comenzó a aconsejarla. Al final le dijo que hay veces en la vida en que hay que sacrificarse para ayudar a los demás. La viuda le preguntó por qué no accedía a los requerimientos de los asaltantes. Si esa actividad la hacía con tanta frecuencia. La madre de la niña le pidió casi con lágrimas en los ojos que accediera. Sólo así podrían salir de ese tormento.

La muchacha se sintió sola sin el apoyo del grupo y tal era la presión que comenzó a considerar la posibilidad de aceptar. Era muy humillante. Una cosa es que ella entregase su cuerpo como una actividad mercantil y otra completamente distinta que la obligaran en contra de su voluntad, como si fuese un objeto sexual. Pero los ruegos del grupo la hicieron aceptar. Sería su buena acción de ese día. Se sacrificaría por sus compañeros de viaje. El párroco llamó a los asaltantes y les dijo que la muchacha ya estaba lista para cumplir con sus requerimientos. Las otras mujeres le daban palmadas en la espalda para imprimirle ánimo, no fuese que cambiase de opinión.

IV

El tugurio se encontraba vacío. Sólo estaba el mozo que atendía. Luego de que todos entraron, el joven del envoltorio sacó del mismo un revólver que escondía. Otros dos individuos también armados, y de muy mal aspecto entraron al lugar y entre los tres sometieron a todos los presentes. El nerviosismo de los pobres atracados era enorme. La viuda gritaba casi histérica, hasta que uno de los asaltantes le introdujo el revolver en la boca y le dijo que se callara. El párroco no pudo contener los esfínteres y se mojó la sotana.

Fueron requisando a cada uno quitándole los relojes, el dinero, cadenas y todo lo que pareciera tener algún valor. Los que intentaban resistirse eran rápidamente persuadidos por la amenaza de las armas. Una vez que se habían apoderado de todo lo de valor, los asaltantes conferenciaron en un rincón. Mientras tanto, los asaltados estaban ansiosos de que aquello terminara. No sabían por qué no se iban si ya tenían lo que querían.

Un rato más tarde, el joven del envoltorio se acercó al grupo y se dirigió a la muchacha del vestido atrevido. Le dijo que lo acompañara al sanitario. La muchacha se opuso y dijo que por nada en el mundo haría el amor con el. Todo el grupo se puso del lado de la muchacha. La viuda, la madre de la niña y su esposo, le dijeron de todo al joven. Desde pervertido hasta violador. Que cómo se le ocurría proponer algo tan depravado. El padre intentó mediar pero los asaltantes le gritaron que no se metiera en esto. Lo que querían hacer no tenía nada que ver con Dios. Por el contrario, le competía más al diablo. Pasaron varios minutos. Los asaltantes dijeron que sólo los dejarían ir si la muchacha se entregaba al placer con los tres. Todos estaban indignados. Qué abuso el de estos asaltantes.

Pasó el tiempo. El calor en el tugurio era insoportable. Todos estaban sudando y pegajosos. Además, había una cantidad de moscas que constantemente se paraban en la epidermis de las personas haciendo más molesta la espera. Los asaltantes continuaron con el acoso sexual. A veces se ponían algo violentos, pero la muchacha resistía aceptar cualquier requerimiento de esa índole. Empezaron a sentir hambre y ya no había nada que comer.

V

Los demás lucían incómodos. Trataban de no mirar a esa joven atrevida. La señora de luto se santiguó en cuanto la joven se subió en el camión. Era como si un aire de putería también hubiese subido al camión. El único asiento disponible quedaba al lado de la pareja con la hija. Apenas la joven se sentó, la señora mostró una cara de incomodidad. A los pocos segundos, le preguntó al joven del envoltorio, si no le importaba cambiar de asiento de manera que la joven del vestido atrevido no quedara al lado de ningún miembro de su familia. No quería que su marido cayera en tentaciones y mucho menos que esa joven, que parecía dedicarse al oficio más viejo del mundo, sirviera de ejemplo a su hija. Al joven no le molestó el cambio, al contrario parecía disfrutarlo Al rato de rodar, la joven atrevida sacó una cajita de chicles. La niña le puso los ojos encima. La joven le ofreció a la niña pero la madre logró detenerla justo antes de que la mano de la niña los tocara.- Gracias pero no queremos. – Dijo la madre.

En varias oportunidades la joven atrevida intentó hablar con los pasajeros, pero nadie mostró el menor interés y sólo respondían con frases muy cortas o monosílabas, por lo que sacó un librito y se puso a leer. A mitad de camino el chofer detuvo el camión en un restaurante. Bueno, el nombre de restaurante le quedaba algo grande. Era un tugurio con una barra pequeña y dos mesas. Se podía tomar un horrible café o algún refresco, y también ir al baño, al cual había que entrar conteniendo la respiración y las nauseas por las condiciones de higiene que imperaban. En la puerta alguien había escrito alguna vez: “El baño más asqueroso de la región”.

Todos se bajaron y se mantuvieron lo más alejado posible de la joven. Evidentemente, se entregaba por dinero a cualquier cliente que estuviese dispuesto a pagar el precio de la mercancía. Que despreciable tener que hacer el viaje con esa mujerzuela.

VI

El viaje resultaba bastante incómodo. Siete personas amontonadas en la parte posterior del camioncito. Pero era el único medio de transporte disponible. Había que rodar casi medio día para llegar al destino. La ruta era poco transitada. Bastante peligrosa por los asaltos. Pero algunas veces, con algo de suerte, se podía llegar bien al destino.

El grupo de siete personas estaba conformado por una pareja muy formal que llevaban a su hijita de unos ocho años a inscribirla en un internado católico; el párroco del pueblo que iba a reunirse en el obispado de la ciudad; una señora viuda vestida de negro que parecía tener todos los años encima; una muchacha joven atrevidamente vestida, que aun no había llegado al camión; y un joven de unos veintitrés años que no descuidaba ni un segundo, un envoltorio que llevaba en el bolsillo. Cuando iban a iniciar el viaje, ya todos los pasajeros estaban en sus asientos, excepto la joven del vestido atrevido, quien venía casi corriendo y riéndose. Se montó en el camión con un “buenos días”, que sólo fue respondido por el joven del envoltorio.
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