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 relatos de hallowen

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Soraya

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MensajeTema: relatos de hallowen    Sáb Oct 30, 2010 5:21 pm

666

Estaba escrito que el fin del mundo, el Apocalipsis, llegaría por obra del hijo de Satán, el Anticristo. Satán, como ya había hecho en anteriores ocasiones a lo largo de la historia, viajó al mundo terrenal con apariencia humana. Como las otras veces, buscó una mujer joven y fuerte para que fuera la madre de su hijo. Tenía que ser una mujer casada, y que mantuviera relaciones con su marido periódicamente para no despertar sospechas. Se encaprichó de una joven rubia y atlética, muy atractiva. Entró en su casa y la poseyó practicando el sexo más salvaje y depravado que se pueda imaginar. Satán con su malvado poder hizo que su mente lo olvidara, y nueve meses después nació su hijo. Su nombre era Software. Este niño empezó a prepararse para su misión estudiando a sus hermanos de tiempos pasados: Atila, Gengis Khan, Hitler… Todos ellos fueron hijos de Satán que fallaron en su misión. Al igual que ellos se preparó para ser un gran líder y formar un poderoso imperio.

Creció observando a los humanos para conocer sus debilidades, haciéndose pasar por uno de ellos, ganándose su confianza. Viendo que todos sus hermanos fallaron a pesar de haber construido grandes imperios, decidió cambiar de táctica. Su imperio no debía ser militar. Se fijó en el posible potencial de la industria informática, y vio en ella su medio para dominar a los humanos. Utilizando su poder sobrenatural, empezó a apoderarse de diversos sectores de esta industria, y logró formar un poderoso imperio informático. Ya formado, el Imperio extendió sus malévolos tentáculos introduciéndose en todos los campos empresariales e industriales. En poco tiempo toda la economía mundial estaba bajo su poder. Ninguna empresa, ningún banco, nada podía funcionar sin los programas informáticos del Imperio. Incluso estaban bajo su dominio usuarios particulares en sus casas. El Imperio llegó a tener más adeptos que cualquier religión del mundo.

Como una secta destructiva, obligó a sus súbditos a pagar un tributo cada poco tiempo. Había que comprar actualizaciones de los programas continuamente, pues estos se quedaban obsoletos en cuestión de semanas. Todos los programas del Imperio fueron la droga más usada del mundo. Prácticamente todo el planeta estaba enganchado. Software en su trono se reía viendo como los pobres humanos intentaban inútilmente manejar sus productos. Pero estos fallaban inteligentemente, arruinando proyectos, trabajos, vidas. Todo el planeta sufría pero no podía hacer nada, eran adictos a las drogas informáticas del Imperio.

Pero esto no era suficiente, el broche final para llevar a cabo su plan fue el "Efecto 2000". Algunos profetas lo predijeron, y los humanos aterrados intentaron prepararse para ello durante meses, pero fue inútil. El 31 de diciembre de 1999 a las 00:00 h, cuando comenzó el año 2000, empezó también el Armaguedón. Todos los ordenadores fallaron, la industria y la economía se colapsó, la electricidad dejó de funcionar, los trenes descarrilaron, los aviones se estrellaron… Los misiles de todos los países se dispararon controlados por los ordenadores, destruyendo todas las fuerzas militares y policiales del mundo. El caos y la destrucción reinaron en la Tierra. La ley había sido eliminada, los humanos empezaron a pelearse por comida y ropa. Pero había desaparecido todo vestigio de humanidad en ellos. Ya no eran humanos, se comportaban como alimañas egoístas y enloquecidas, peleándose y matando por un trozo de pan. Software había triunfado.

Por fin un hijo de Satán se había apoderado del mundo. La risa de Satán resonaba ensordecedora en los confines del infierno. Dios observaba apenado como su creación se había destruido. Pero aquello no fue el fin del mundo, fue un nuevo origen. Satán mandaba ahora y Dios era el que debía actuar en las sombras. Se había producido un cambio de Dirección General, y aquello era solo el principio…

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Soraya

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MensajeTema: cara de cuero    Sáb Oct 30, 2010 5:23 pm

CARA DE CUERO

Una idílica tarde de verano se convirtió en una pesadilla. Durante treinta
años los expedientes acumularon polvo en la sección de casos no resueltos del FBI.
Más de trece piezas de evidencia fueron recogidas en la escena del crimen, la
residencia Hewitt. Los hechos acaecidos llevaron a una de las leyendas más bizarras
de los anales de la historia americana: "La Masacre en Texas”

Silencio. Debía hacer silencio.Sabía que su vida dependía de ello.

No importaba cómo se había metido en esa situación, no importaba que iban a Dallas,
no importaba que llevaba un regalo para su tía Maggie, nada de eso tenía sentido
ahora. Ahora lo único que tenía importancia era que tenía que permanecer callada,
con el cabello pegado a la piel por el sudor, inmóvil. Tal vez hasta tendría que
parar de respirar. Tal vez hasta pararía de respirar y se ahogaría ella misma y, si
eso pasaba, todavía salía ganando. Porque todo era mejor que eso. Cualquier cosa era
mejor que parar como todos los demás. Él estaba ahí afuera. Ella sabía que él estaba
ahí y él sabía que ella estaba ahí. De pronto la carretera de Tejas había dejado de
pertenecer a Los Estados Unidos de América para ser un anexo de la República Popular
del Infierno. Sólo que a nadie se le ocurrió avisarle a ellos.

El calor. Maldito calor. Cuando es de noche ¿No se supone que debe hacer frío?

Karen trató de absorber todo el aire que pudo con la boca, cerró los ojos y los
apretó para no llorar. Empezó a temblar violentamente y tuvo que abrazarse para
controlarse. Porque Él lo sabía todo. Él le había dado caza y si ella se
movía, aunque fuese un mínimo temblor, Él lo notaría, la sacaría del armario, la
tiraría contra el suelo y la descuartizaría con su sierra. Porque así había pasado
con todos los demás. Y de cierta manera trastornada, Karen deseaba que sucediera de
una vez, porque así todo terminaría. No le importaba si el malnacido la cortaba
en pedacitos, se la llevaba a su casa, se la ofrecía a su familia, le echaban
pimienta y se la comían. No le importaba eso. Hasta podría salir del armario y rogar
por que el golpe con la sierra fuese fatal y rápido. Hubiese salido, de no ser
porque sí le importaba.

El calor. Hacía calor, demasiado calor como para poder pensar. Una gota de sudor
bajó desde su frente hasta sus párpados y se metió poco a poco en sus ojos,
haciéndoselos arder. Pero no se la limpió ni se restregó la cara. Por favor, Karen,
en este momento no, después puedes moverte todo lo que quieras,
después puedes bailar lambada si quieres, pero en este momento no te atrevas a
moverte.
Una pulsada de dolor le latió en el anular derecho y casi le arranca un quejido.
Cuando estaba corriendo de la camioneta (es decir, cuando tuvo que saltar por la
ventana, porque Él estaba tratando de entrar por la puerta), cayó sobre el suelo de
tierra y piedras apoyada en su mano vertical. Se partió unas uñas y se fracturó el
dedo. Sólo se dio cuenta mucho después. Había escuchado de las reacciones físicas
provocadas por el miedo, pero nunca se imaginó que fuesen tan poderosas. Se había
roto el dedo y golpeado con fuerza la rodilla, pero en ese momento ni siquiera se
percató de ello...
(porque Él estaba ahí...)
se levantó y corrió
(detrás de ella con la sierra)
hacia la oscuridad del bosque
(e iba a matarla)
hasta que se la tragara.

Ya habían pasado
varios minutos desde que se había escondido en la casa (con la muerte pegada a los
talones) y no habían señales de Él por ningún lado. No sabía decir cuántos minutos
llevaba escondida, pero eran varios. Tal vez más de los que sabía, porque en esta
parte de la República Popular del Infierno el tiempo pasa como un fantasma, a veces
rápido, a veces lento. La sierra no se dejaba escuchar ni olía el combustible. Tal
vez se había rendido y se había ido a su casa. ¿Por qué no? Después de todo, ya
tienen otras cinco piezas de carne que pueden cenarse.
No pudo creer que había pensado algo tan monstruoso como aquello y, en ese instante,
sólo quiso vomitar de asco por sí misma y morirse. No eran cinco piezas de carne,
eran sus amigos. Una de esas piezas de carne era su novio. El novio que ella amaba y
con el que iba a casarse, el novio con el que había planificado el sueño de una
vida. De todas las personas
en el mundo ¿Por qué a ella? Todo esto era mentira, tenía que serlo. Era una gran y
larga pesadilla, de esas que son tan lúcidas que parecen de verdad. Eso tenía que
ser. Eso tenía que ser porque era imposible que existiesen personas tan enfermas y
tan malvadas como para hacer lo que le estaban haciendo. Dios no podía permitir
semejante cúmulo de maldad en el mundo.

(Es que no estás en el mundo, cielito. Estás en Las Montañas de la Locura, circulo
siete del infierno, más allá de dónde Dios alcanza. Y así tratamos a los forasteros
por aquí. Porque yo conozco a las de tu tipo, pequeña perrita. Sólo desprecio y
crueldad para mi muchacho. ¿A alguien le importa lo que me pase a mí y a mi
muchacho?)

Basta. Basta, Karen, basta. Te estás volviendo loca. Necesitas todo lo que puedas de tu mente
para cuando le digas a la policía lo que pasó. Tienes que describirlo, tienes que
decirle como es la casa, como es la familia, como la sierra, bajo el sol, refleja
los dientes en tus ojos como un aguijonazo. Bueno, la policía iba a aparecer. Tarde
o temprano, la iban a sacar de ahí. Había una van hecha trizas, con manchas de
sangre, en el medio de la carretera. Una patrulla iba a pasar, la iba a encontrar e
iba a pensar que era raro. Empezarían a buscar y darían con ella, vivita y coleando.
No importaba que ella se veía tan sucia como un prisionero en un campo de
concentración, ni que se había orinado en los pantalones cuando vio al Cara de Cuero
por primera vez. El olor, ahora intensificado por el calor, lo rodeaba todo. Era
posible que el Cara de Cuero la atrapara siguiendo sólo el olor. Después de todo, no
es un ser humano. No es un pobre desgraciado con un problema en la piel, como dijo
la Abuela. No es un psicópata que usa caretas de pieles humanas para esconder su
cara. No es un asesino enfermo que usaba una sierra mecánica para matar y que en ese
momento estaba portando la cara de su novio como una máscara. Era un demonio salido
de los más oscuros pozos del tormento, una bestia omnisciente cuya herramienta, la
sierra, parecía estar pegada a sus dedos, cual espada de Damocles. Todavía lo veía
persiguiendo a Donna. Karen grita “¡Corre!”. Donna se mueve como en cámara lenta, se
tropieza y se cae al suelo. El Cara de Cuero la alcanza. Donna coge una lámina de
metal del suelo y la interpone como un escudo. La sierra echa chispas cuando choca
con la lámina. Karen debió hacer algo en ese momento, como coger un tronco grande, ó
el bate de Tobe, y darle por la cabeza al mostrenco ese. Pero en vez de eso se quedó
ahí, parada, congelada de miedo, mirando la escena. Su cerebro le ordenaba que se
voltease y que corriera lejos, pero no había conexión. Las órdenes no llegaban a sus
piernas. La sierra pasa resbalando al suelo de tierra, Donna tira la lámina, se
levanta y empieza a correr otra vez. Pero Cara de Cuero hace algo con la sierra. En
un segundo la levanta sobre su cabeza con las dos manos. En el siguiente la balancea
hacia atrás y en el siguiente la balancea hacia delante, por debajo de la cintura de
Donna. Hay un ruido, como el de una rama fuerte que se rompe cuando la pisas. Karen
ve unas gotas negras en la oscuridad salpicar el suelo y algo se desprende de Donna.
Donna cae al suelo y trata de agarrarse la pierna derecha, pero no hay más pierna
después de la rodilla. Hay un nuevo olor, un olor penetrante, el olor de la sangre.
Donna grita, Karen grita, el monstruo robusto de casi dos metros hunde la sierra en
el bulto que yace en el suelo y que antes se llamaba Donna. Donna deja de gritar.
Cara de Cuero se voltea hacia Karen y, por un breve momento, Karen se da cuenta de
que la cara del asesino es la misma cara de Tobe, con ciertos defectos, claro,
porque la piel no es perfectamente elástica. Hay que curtirla un poco y aplicarle
algunas cremas hidratantes y esos campesinos no tienen nada de eso por aquí. La
película se nubla y Karen trata de salir corriendo. Pero, oh, ya es demasiado tarde,
Él la ha atrapado...

Cuando recuperó la conciencia lo primero que pensó fue que estaba muerta y que
estaba conociendo el más allá. Luego siente sofocación, dolor de cabeza, calor y el
dedo le duele. Dolor es igual a vida. Por un instante se sintió enormemente
desgraciada de estar viva, por primera vez, luego el sentimiento desaparece cuando
por encima de su cara aparece otra, portando el sombrero de alguacil. Gracias a
Dios, gracias, tiene que ayudarme, trató de decir, pero sólo murmuró
“Mmmmmmaaaaaaaa—gggg-------aaaaa”
- Shhh- dijo el alguacil – Tranquila, cielito, tranquilita-
- Por... ayude... amigos...- balbuceó
- Ya, ya, están aquí todos-
Karen trata de mirar alrededor, pero se siente confundida, perdida, como si
estuviese pasando por un viaje de LSD. En un principio parece un palacio, pero luego
va tomando forma y es una cocina, polvorienta y hay óxido en la puerta del
refrigerador. Hay algo en una enorme olla que parece familiar...
(un brazo)
pero Karen descartó la posibilidad de estar viendo algo así. La pesadilla había
terminado, aún cuando nada de lo que pasaba ahora carecía de sentido.
- ¡Abuela!- grita un niño afuera de la casa -¡Abuela, déjeme entrar!-
Una mujer aparece, con un peinado anticuado, y lentes. Sus ojos son claros. Karen se
sintió ridícula, se parecía a su propia abuela.
- ¡Tú quédate afuera con los perros!- grita la Abuela -¡Hasta que aprendas a seguir
las reglas!-
Todo es confuso y extraño, pero Karen recuerda a la Abuela, cuando les ofreció ayuda
en la carretera, poco después de que la camioneta se descompusiera. Definitivamente,
cuando algo malo va a pasar no hay manera de escaparle al destino.

Unas manos la manosean descaradamente y vuelve en sí, mirando al Alguacil.
- No te vas a ir a ninguna parte, niñita-
Karen toma una bocanada de aire y trata de moverse, de escapar, pero no puede. El
Alguacil sujeta su cabeza entre sus manos. Por ese momento, es suficiente para
controlarla.
- Dale un chance- suena una voz masculina en la cercanía
- ¡Tommy!- grita la Abuela - ¡Mira el jodío desastre que hiciste en la casa
persiguiendo al ganado!-
- Nah, mama- dice el Alguacil – Tommy es un buen muchacho-
- Un muchacho muy dulce- dice una voz femenina
- Usted cállese, cretino- le dice la Abuela al Alguacil
Karen levanta una mano y trata de apoyarse. Lo consigue a medias.
- Por favor... déjenme ir-
La Abuela se quita los lentes y la mira cara a cara, con una sonrisa solemne, la
sonrisa de quien ya ha recibido esa petición en el pasado.
- Pequeña perrita- dice
Karen trata de preguntar por qué le hacen esto, por qué le hacen daño, pero no logra
emitir ningún sonido. Alguien cocina carne cerca.
- Yo conozco a las de tu tipo- dijo la Abuela – sólo desprecio y crueldad para mimuchacho-

Hay un rumor al fondo, un rumor gutural. No es de ira, sino de tormento. Es un rumor
adolorido de quien ha escuchado eso miles de veces, de quien ha sido torturado por
esas palabras.
- Todo el tiempo mientras crecía. Burlándose de mi pobre Tommy. ¿Acaso a alguien le
importa lo que me pase a mí y a mi muchacho? ¿AH?-
- ¡Ayúdenme! ¡Por favor!- gritó Karen
- ¡Tommy! ¡Ven acá y controla a tu novia!- llamó la Abuela
Karen lo sintió todo como si fuese con otra persona, como si se refirieran a una
miss Universo de un país lejano, como si lo viese todo a través de una pantalla.
Creyó que Tommy y su novia eran una parejita bonita, como la que hacía ella con
Tobe. Entonces baja la mirada y comienza a gritar y a patalear cuando el Cara de
Cuero atraviesa el umbral de la puerta, viniendo por ella.
- Ya le daremos un buen uso a esa carnita tuya- dice el Alguacil
Hay un flash y lo único que Karen sabe es que está corriendo en medio de la
oscuridad y que lleva al Cara de Cuero a las espaldas, escuchando a la sierra como
si la tuviese encima. Alcanza a ver la casa abandonada en medio del bosque y entra.
Voltea y ahí está él, detrás de ella, vistiendo un delantal de carnicero manchado
con sangre. Karen cierra la puerta y recorre la casa. Encontró el armario y se
escondió en él. Y ahí seguía ahora. Podía pasarse el resto de su vida ahí metida.
Piezas de carne, los Simpson, Tommy y su novia, ¿Qué mas seguía? ¿Cómo perdí la
virginidad? Es impresionante la cantidad de basura que te tira la mente cuando no la
tienes ocupada en algo. En algo productivo, es decir. En este momento Karen se
sentía distraída de todo lo demás, sólo podía pensar en Él, su presencia era
completa y...

Un sonido. Eran pasos y estaban en la casa. El Cara de Cuero la había encontrado.

Karen no habla nunca de su experiencia en el desierto tejano, y es que no la
recuerda. Afortunadamente, la mente humana tiende a olvidar, a borrar de la memoria
los eventos estresantes, los momentos de intenso shock. Es la única forma que la
memoria tiene de defenderse a sí misma, porque si no existiera, estaría loca.
Todavía no puede dormir sóla ni con la luz apagada, tiene pesadillas muy a menudo,
por no decir a diario, y no sabe por qué, no puede comer carne. Los policías que la
encontraron dijeron que cuando la hallaron, tirada en el medio de la nada, estaba
tan cubierta en sangre y tierra que creyeron que estaba muerta. Luego se despertó de
golpe y empezó a gritar “¡nos comimos a Uther! ¡Nos comimos a Uther!”. No sabían de
ningún Uther por la zona y, cuando Riggs, uno de los oficiales, le contó a su mujer
esa noche lo que había pasado, lo hizo diciéndole:
- Esa chica debió de ser linda en otro momento. Pero todo lo que pude ver fue la
mirada perdida y vacía de los locos, de los que viven en sanatorios mentales. Esa
chica estaba muy mal. Pobrecita... pobrecita...-
De más está decir que no puede subir a un vehículo de motor ni escuchar una
motocicleta cerca, porque le entran ataques de nervios violentos y las enfermeras
deben administrarle calmantes. Ciertamente la chica pasó por algo terrible, algo
realmente horroroso, pero es una lástima que no pueda contarle a nadie lo que pasó.
Tal vez si pudiera ayudaría a salvar una ó dos vidas. Ayudaría a otros a poder
escapar de la sierra mecánica que dejó huellas de sangre en las arenas del desierto
tejano.

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Soraya

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MensajeTema: castigo del tiempo    Sáb Oct 30, 2010 5:24 pm

CASTIGO DEL TIEMPO

Momentáneamente, el aislado cuarto sin ventanas quedó envuelto en la penumbra a causa de una violenta variación en el voltaje. Un clic metálico se escuchó de pronto, y una nube de color verdoso brillo bajo la pálida luz de una lámpara de escritorio. Roger Krankeit sonrío complacido; no tenía fuerzas para más. Su mayor invento, finalmente, estaba hecho. Después de días y noches de trabajo y sufrimiento, la mayor creación de la imaginación humana había tomado forma: Krankeit acababa de inventar la tan soñada máquina del tiempo. Orgulloso, contempló con deleite el pequeño artilugio lleno de cables y minúsculos botones. Era pequeño, en efecto…perfecto para ser utilizado cuando Krankeit lo dispusiera; perfecto para cumplir todas las posibilidades que había imaginado. Podría viajar al pasado y absorber el conocimiento de las épocas y los grandes científicos. Conocería a Bohr, Einstein o al mismo Galileo. Mejor aún, viajaría al futuro y utilizaría sus conocimientos para aplastar a los hombres de ciencia modernos…podía hacer todo lo que quisiera.

Pero la ambición de Krankeit fue más allá de lo que había imaginado hasta entonces.
Sus pensamientos formaron una idea ansiosa y punzante: iría hasta el momento en que el hombre apareció en el mundo. Contemplaría a los primeros humanos y, tal vez, hasta podría convertirse en una figura de adoración al revelarles secretos y enseñanzas. Sí…sería un Dios para ellos.

El artilugio emitió un largo zumbido y dejó escapar una nube de humo amarillento por su punta en forma de espina. Estaba ansioso por ser utilizado…
¡Al diablo el presente! Krankeit escaparía hacia el pasado y formaría su propio futuro, un futuro en que el fuera el hombre más grande. Presionó algunos botones y su máquina quedó lista para el viejo. Antes de ello, Krankeit se dirigió hacia un destartalado escritorio y tomó un viejo y pesado revólver de calibre .45 Colt.
Potencia, justo lo que requería para su expedición. No sabía con que bestias prehistóricas podía enfrentarse…lo mejor era ir bien preparado. Guardó el arma en un bolsillo de su blanca bata de laboratorio y tomó entre sus brazos al pequeño artilugio. Bajó un par de palancas e –inmediatamente- una niebla obscura y espesa cubrió sus ojos.

Una nausea terrible se apoderó de el y sintió que la cabeza se desprendía de su cuello. La niebla, poco a poco, comenzó a disiparse, y Krankeit pudo ver con claridad. No se encontraba ya en su miserable cuarto de trabajo. Ante sus ojos se extendía una llanura gigantesca y solitaria. En el cielo brillaban tres soles anaranjados, y una serie de arbustos completamente desconocidos poblaban el suelo fértil, hirviente de insectos negros y asquerosos. Algunas cuevas, probables refugios de bestias, podían ser observadas a lo lejos, y Krankeit dirigió sus pasos hacia ellas; la fascinación inicial se había convertido en la ansiedad del descubridor. Al acercarse a una gruta y encontrarla vacía, escuchó un ruido sordo que provenía de su espalda. Giró su cuerpo y dejó escapar un grito al observar la cosa que había estado detrás de el. Un ser horrendo, semejante a un mono deforme, lo miraba detenidamente con unos ojos gigantescos y brillantes. El ser caminaba a cuatro patas, siendo estas velludas y enormes, como las de un gorila. El monstruo abrió su horrenda boca, dejando ver una hilera de dientes putrefactos y una lengua negra, mientras emitía un aullido temible, salvaje. Krankeit no esperó más. Con un movimiento rápido echó mano de su revólver y descargó un tiro contra la bestia. La detonación sonó brutalmente, y el eco se encargó de repetirla. El monstruo cayó al suelo, herido fatalmente. Por un momento intentó arrastrarse por el suelo, dejando un camino de sangre verde y hedionda, pero Krankeit apretó el gatillo de nueva cuenta. La bala penetró en uno de los ojos de la bestia, destrozando su cerebro y matándolo finalmente. Todo quedó en profundo silencio después. La pequeña máquina del tiempo gritó a su manera, con un zumbido profundo y metálico. Sobresaltado, Krankeit contempló con horror como el artilugio comenzaba a desmoronarse poco a poco. Como si un terrón de polvo deshecho por el viento se tratara, la máquina desapareció con lentitud, quedando en su lugar el vacío más completo. Por un momento
Krankeit quedó en shock, pero eso duró poco, puesto que no pudo evitar llorar de pánico al ver que él mismo se desintegraba. Manos, piernas, brazos…su cuerpo se deshacía inevitablemente, hasta que no quedó absolutamente nada. En la llanura silenciosa, sólo permanecieron los insectos, que quedaron destinados a dominar la tierra desde ese momento. Miles de años de civilización humana se desintegraron con
Roger Krankeit. Con su pesado revólver .45, había matado al primer antepasado del hombre.

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